Símbolo - Lección 18: "Calavera"

Texto en Español. Capítulo 18: La Revolución Mexicana: Guzmán, Azuela
I. La Revolución Mexicana

La Revolución que estalló en México en 1910 fue la más profunda e importante que había experimentado América Latina hasta mediados del siglo veinte. Produjo cambios profundos e irreversibles en muchos aspectos de la vida mexicana, incluyendo los políticos, sociales, económicos y culturales. Quebró los viejos patrones coloniales y neocoloniales de penetración extranjera y rompió los lazos históricos entre terrateniente-político, sacerdote, y militar. Más allá de México, proporcionó un ejemplo para el resto del continente, aunque los mexicanos nunca intentaron exportar su revolución, ni tampoco la presentaron como algo que se podía repetir fácilmente en otros países.

En cierto sentido la Revolución Mexicana fue una continuación de la malograda revuelta popular de 1810 dirigida por los sacerdotes Hidalgo y Morelos, que había sido derrotada por las élites conservadoras. La Revolución de 1910 quebró el poder de estas élites, de la Iglesia Católica, y de los militares del viejo régimen.

El escenario para la Revolución fue preparado por el largo régimen conservador del General Porfirio Díaz, quien por 34 años había gobernado a México bajo la ideología de los Positivistas. Su régimen pudo hacer alarde de una serie de progresos materiales, pero estos logros favorecieron a las élites mexicanas y los inversores extranjeros, perjudicando a las grandes masas de las capas inferiores mexicanas. La economía era neocolonial y se basaba en el control de las industrias extractivas mexicanas (especialmente el petróleo y los minerales) por los inversores estadounidenses, ingleses y europeos. Díaz ejercía el control interno por medio de una estrecha alianza de los grandes terratenientes, la Iglesia, y las fuerzas militares y policíacas bajo su control directo. Cada uno de estos elementos de este banco de tres patas del control conservador apoyaba a los otros dos, y el sistema perduró, proporcionando la estabilidad tan deseada por los Positivistas, y tan atractiva para el inversor extranjero.

Pero al comienzo del nuevo siglo las cosas iban cambiando. Las masas rurales y los obreros urbanos estaban inquietos ante su explotación, y una creciente clase media, principalmente mestiza y urbana, se estaba politicizando con un creciente resentimiento por su exclusión del progreso material superficial ocurriendo en su país.

La chispa que estalló la Revolución fue la campaña de 1910 para la reelección de Porfirio Díaz (sería su octavo período presidencial). En una entrevista en 1908 con un periodista extranjero, el anciano Díaz hizo saber que quizás no sería candidato para la elección de 1910. Esta declaración causó que el intelectual Francisco Madero, miembro de una familia de clase alta, anunciara su candidatura. Con su campaña de "no-reelección y sufragio efectivo", Madero pudo lograr un apoyo considerable entre la clase media, y la posibilidad de su victoria estimuló cierta esperanza entre las clases bajas. Díaz arrestó a Madero, y a corto plazo ganó una elección fraudulenta. Pero el dictador calculó mal el grado de malestar en México, y se exilió poco después de la elección cuando su policía disparó contra una manifestación en la Ciudad de México. La primera etapa de la Revolución terminó con la retirada del viejo dictador.

Madero regresó de su exilio en Tejas, fue declarado presidente, y tomó posesión. Pero Madero era esencialmente un liberal estilo siglo XIX, y su programa político fue "constitucionalista", basado en elecciones limpias y limitaciones en la reelección del presidente. Tenía buenas intenciones, pero no poseía un programa verdadero para los profundos cambios sociales, económicos y políticos que los mexicanos demandaban. También había cometido el error fatal de permitir que muchos de los viejos generales de Díaz permaneciesen en sus puestos.

Cuando se hizo patente que el programa reformista de Madero sería muy limitado brotaron las protestas y la violencia en muchos lugares. Uno de los movimientos más importantes fue el de reforma agraria dirigido por Emiliano Zapata, cuyo grito de "tierra y libertad" movilizó a miles de seguidores que empezaron a invadir las grandes haciendas y tomarlas. Los terratenientes apelaron a sus aliados entre los oficiales militares superiores, y bajo el liderazgo del general reaccionario Victoriano Huerta, aplastaron la revuelta, tomaron prisionero a Madero y su Vice Presidente, y los ejecutaron "cuando trataron de escapar".

Para el año 1913 Huerta y sus "federales" contra-revolucionarios controlaban apenas la Ciudad de México y el puerto de Veracruz. El resto de México estaba en caos, y los jefes regionales luchaban por las metas radicales de la Revolución bajo las banderas de los "Constitucionalistas". Zapata seguía con sus tomas de tierras, Pancho Villa en el norte montó su propia guerra, y Venustiano Carranza trató de tomar control de las otras facciones que quedaban.

Huerta fue derrotado finalmente en 1914, y Carranza llegó a ser presidente encabezando una coalición de Constitucionalistas. Por primera vez desde la Independencia un grupo de mestizos radicales, con grandes números de seguidores indígenas, había tomado el poder de manos de las élites criollas. Carranza pudo consolidar su poder al aceptar algunas de las propuestas más radicales planteadas por Zapata y otros. Estas ideas fueron institucionalizadas en la constitución revolucionaria de 1917, que incluía disposiciones importantes tales como reforma agraria, garantías de bienestar social para los obreros, restricciones en el poder político y económico de la Iglesia, y la nacionalización de las riquezas minerales y petroleras.

La Revolución Mexicana también fue una revolución cultural. Los valores culturales europeos de los Positivistas y las élites fueron reemplazadas por las tradiciones locales y nativas. El respeto por los valores indígenas fue un elemento fundamental de los programas culturales oficiales del gobierno mexicano después de siglos en que estos valores fueron considerados inferiores. Ya que México tenía altas tasas de analfabetismo, se emplearon los murales como medios educativos y propagandísticos para obtener el apoyo popular de la Revolución. Los dibujos grabados en madera confeccionados por Posada y otros movilizaron el apoyo popular de los revolucionarios en sus protestas contra Díaz, y al consolidarse la Revolución se emplearon para diseminar y apoyar sus metas.

El tema de la Revolución dominó la literatura mexicana en este período. A veces tomó la forma de biografías de los jefes y los generales, con una calidad relativa. Los mejores ejemplos de la literatura de la Revolución Mexicana la escribieron los autores o periodistas que participaron u observaron muy de cerca la fase militar de la Revolución, proporcionando una realidad y vigencia que no podían dar los que escribían lejos del campo de batalla. Las novelas y los cuentos cortos escritos por estos observadores y participantes en la Revolución acompañaron a los murales de Rivera, Siqueiros y Orozco (los "tres grandes" de la pintura) como los mejores testigos culturales de este momento clave en la historia mexicana.

 

II. Un cuento de la fase militar de la Revolución: "Pancho Villa en la cruz" por Martín Luis Guzmán.

Ya que la Revolución Mexicana tenía esta dimensión cultural que hacía paralelo a las dimensiones políticas, sociales y económicas, tenemos importantes ejemplos tanto en la literatura como en el arte (los muralistas). Un género completo de novelas, memorias y cuentos rodean al período más intenso de lucha entre 1910 y 1920. Uno de los mejores escritores de la Revolución Mexicana que nos da la perspectiva única del testigo presente fue Martín Luis Guzmán, miembro de una distinguida familia de la Ciudad de México que había acompañado a Pancho Villa durante muchos de los momentos claves de la lucha revolucionaria. La obra principal de Guzmán es el libro El águila y la serpiente, cuyo título incorpora el símbolo azteca de la nación mexicana, y también representa la lucha contemporánea entre el bien y el mal y entre las fuerzas radicales y las fuerzas reaccionarias de la contra-revolución. El águila y la serpiente no es exactamente una novela, sino más bien una serie más o menos conectada de anécdotas y cuentos, a veces un poco adornadas, de Pancho Villa y su ejército mientras luchaban a lo largo del norte de México durante la fase violenta de la Revolución Mexicana.

La relación entre el autor Guzmán y la figura central de Pancho Villa tiene cierto paralelo con la relación entre Sarmiento y Facundo, pero con el elemento adicional que Guzmán conocía bien de cerca a Villa y pudo observarlo a través de un período prolongado. Hay tensión entre el Villa que es telúrico, crudo, y macho, y el escritor-periodista Guzmán, educado y urbano. Villa a veces se burla de Guzmán y hasta lo mortifica, pero como indica el cuento que sigue, también es capaz de escuchar su consejo.

En uno de los incidentes más curiosos de la Revolución Mexicana, en marzo de 1916, Pancho Villa ordenó que sus fuerzas crucen la frontera y ataquen el pueblito de Columbus, Nuevo México, matando a varios estadounidenses y destruyendo partes del pueblo y su pequeño puesto militar. Las razones detrás de este ataque no son claras, pero aparentemente Villa esperaba que su ataque descarado y la respuesta que esperaba por parte de los Estados Unidos estimularían al nacionalismo mexicano y resultaría en mayor apoyo para su grupo. Desde un punto de vista teórico, el ataque de Villa fue la última vez que una fuerza militar invadió a los Estados Unidos continentales. La opinión pública estadounidense se indignó, y el Presidente Woodrow Wilson ordenó que el General John Pershing montara un Expedición Punitiva para capturar a Villa. Esto resultó ser una tarea frustrante y difícil, y después de un año de perseguirlo a través de los desiertos del norte de México la Expedición regresó a los Estados Unidos sin lograr su objetivo.

 

"Pancho Villa en la Cruz" por Martín Luis Guzmán

No se dispersaba aún la Convención, cuando ya la guerra había vuelto a encenderse. Es decir, que los intereses conciliadores fracasaban en el orden práctico antes que en el teórico. Y fracasaban, en fin de cuentas, porque eso era lo que en su mayor parte querían unos y otros. Si había ejércitos y se tenían a la mano, ¿cómo resistir la urgencia tentadora de ponerlos a pelear?

Maclovio Herrera, en Chihuahua, fue de los primeros en lanzarse de nuevo al campo, desconociendo la autoridad de Villa.

-Orejón jijo de tal- decía de él el jefe de la División del Norte-. Pero ¡si yo lo he hecho! ¡Si es mi hijo en las armas! ¿Cómo se atreve a abandonarme así este sordo traidor e ingrato?

Y fue tanta su ira, que a los pocos días de rebelarse Herrera ya estaban acosándolo las tropas que Villa mandaba a que lo atacasen.

Los encuentros eran encarnizados, terribles: de villistas contra villistas, de huracán contra huracán. Quien no mataba, moría.

Una de aquellas mañanas fuimos Llorente y yo a visitar al guerrillero, y lo encontramos tan sombrío que sólo mirarlo sentimos pánico. A mí el fulgor de sus ojos me reveló de pronto que los hombres no pertenecemos a una especie única, sino a muchas, y que de especie a especie hay, en el género humano, distancias infranqueables, mundos irreductibles a común término, capaces de producir, si desde uno de ellos se penetra dentro del que se le opone, el vértigo de lo otro. Fugaz como estremecimiento reflejo pasó esa mañana por mi espíritu, frente a frente de Villa, el marco del terror y del horror.

A nuestro &laqno;buenos días, general», respondió él con tono lúgubre:

-Buenos no, amiguitos, porque están sobrando muchos sombreros.

Yo no entendí bien el sentido de la frase ni creo que Llorente tampoco. Pero mientras éste guardaba el silencio de la verdadera sabiduría, yo, con inoportunidad estúpida, casi incitadora del crimen dije:

-¿Están sobrando qué, general?

El dio un paso hacia mí y me respondió con la lentitud contenida de quien domina apenas su rabia:

-Sobrando muchos sombreros, señor licenciado. ¿De cuando acá no entiende usté el lenguaje de los hombres? ¿O es que no sabe que por culpa del Orejón (¡jijo de tal, donde yo lo agarre!...) mis muchachitos están matándose unos a otros? ¿Comprende ahora por qué sobran muchos sombreros? ¿Hablo claro?

Yo me callé en seco. Villa se paseaba en el saloncito del vagón al ritmo interior de su ira. Cada tres pasos murmuraba entre dientes:

-Sordo jijo de tal... Sordo jijo de tal...

Varias veces nos miramos Llorente y yo, y luego, sin saber qué hacer ni qué decir, nos sentamos cerca uno del otro. Afuera brillaba la mañana, sólo interrumpida en su perfecta unidad por los lejanos ruidos y voces del campamento. En el coche, aparte el tremar del alma de Villa, no se oía sino el tic-tiqui del telégrafo.

Inclinado sobre su mesa, frente por frente de nosotros, el telegrafista trabajaba, preciso en sus movimientos, inexpresivo de rostro como la forma de sus aparatos. Así pasaron varios minutos. Al fin de éstos el telegrafista, ocupado antes en transmitir, dijo, volviéndose a su jefe:

-Parece que ya está aquí, mi general.

Y tomó el lápiz que tenía detrás de la oreja y se puso a escribir pausadamente. Entonces Villa se acercó a la mesita de los aparatos, con aire a un tiempo agitado y glacial, impaciente y tranquilo, vengativo y desdeñoso. Interpuesto entre el telegrafista y nosotros, yo lo veía de perfil, medio inclinado el busto hacia adelante. ...

El telegrafista desprendió del bloque color de rosa la hoja en que había estado escribiendo y entregó a Villa el mensaje. El lo tomó, pero devolviéndolo al punto dijo:

-Léamelo usté, amigo; pero léamelo bien, porque ora sí creo que la cosa va de veras.

Temblaban en su voz dejos de sombría emoción, dejos tan hondos y terminantemente amenazadores que pasaron luego a reflejarse en la voz del telegrafista. Este, separando con cuidado las palabras, escadiendo las sílabas, leyó al principio con voz queda:

&laqno;Hónrome en comunicar a usted...»

Y después fue elevando el tono conforme progresaba la lectura. El mensaje, lacónico y sangriento, era el parte de la derrota que acababan de infligir a Maclovio Herrera las tropas que se le habían enfrentado.

Al oírlo Villa, su rostro pareció, por un instante, pasar de la sombra a la luz. Pero acto seguido, al escuchar las frases finales, le llamearon otra vez los ojos y se le encendió la frente en el fuego de su cólera máxima, de ira arrolladora descompuesta. Y era que el jefe de la columna, tras de enumerar sus bajas en muertos y heridos, terminaba pidiendo instrucciones sobre lo que debía hacer con ciento sesenta soldados de Herrera que se le habían entregado rindiendo las armas.

- ¡Qué ¿qué hace con ellos?! -vociferaba Villa - .¡Pues ¿qué ha de hacer sino fusilarlos?! ¡Vaya que pregunta! ¡Que se me afigura que todos se me están maleando, hasta los mejores, hasta los más leales y seguros! Y si no, ¿pa qué quiero yo estos generales que hacen boruca hasta con los traidores que caen en sus manos?

Todo lo cual decía sin dejar de ver al pobre telegrafista, a través de cuyas pupilas, y luego por los alambres del telégrafo, Villa sentía quizá que su enojo llegaba al propio campo de batalla donde los suyos yacían yertos. Volviéndose hacia nosotros, continuó:

-¿Qué les parece a ustedes, señores licenciados? ¡Preguntarme a mí lo que hace con los prisioneros!

Pero Llorente y yo, mirándolo apenas, desviamos de él los ojos y los pusimos, sin chistar, en la vaguedad del infinito. Aquello era lo menos de Villa. Tornando al telegrafista le ordenó por último:

-Andele, amigo. Dígale pronto a ese tal por cual que no me ande gastando de oquis los telégrafos; que fusile a los ciento sesenta inmediatamente, y que si dentro de una hora no me avisa que la orden está cumplida, voy allá yo mismo y lo fusilo para que aprenda a manejarse. ¿Me ha entendido?

-Sí, mi general.

Y el telegrafista se puso a escribir el mensaje para transmitirlo. Villa lo interrumpió a la primera palabra:

-¿Qué hace, pues, que no me obedece?

-Estoy redactando el mensaje, mi general.

-¡Qué redactando ni qué redactando! Usté nomás comunique lo que yo le digo y sanseacabó. El tiempo no se hizo para perderlo en papeles.

Entonces el telegrafista colocó la mano derecha sobre el aparato trasmisor; empujó con el dedo meñique la palanca anexa, y se puso a llamar:

<<Tic-tic, tiqui; tic-tic, tiqui...>>

Entre un rimero de papeles y el brazo de Villa veía yo los nudillos superiores de la mano del telegrafista, pálidos y vibrantes bajo la contracción de los tendones al producir los suenecitos homicidas. Villa no apartaba los ojos del movimiento que estaba transmitiendo sus órdenes doscientas leguas al norte, ni nosotros tampoco. Yo, no sé por qué necesidad -estúpida como la de los sueños -, trataba de adivinar el momento preciso en que las vibraciones de los dedos deletrearan las palabras &laqno;fusile usted inmediatamente». Fue aquélla, durante cinco minutos, una terrible obsesión que barrió de mi conciencia toda otra realidad inmediata, toda otra noción de ser.

Cuando el telegrafista hubo acabado la trasmisión del mensaje, Villa, ya más tranquilo, se fue a sentar en el sillón próximo al escritorio. Allí se mantuvo quieto por breve rato. Luego se echó el salacot hacia atrás. Luego hundió los dedos de la mano derecha entre los bermejos rizos de la frente y se rascó el cráneo, como con ansia de querer matar una comezón interna, cerebral - comezón del alma. Después volvió a quedarse quieto. Inmóviles nosotros, callados, lo veíamos.

Pasaron acaso diez minutos. Súbitamente se volvió Villa hacia mí y me dijo:

-¿Y a usté qué le parece todo esto, amigo?

Dominado por el temor, dije vacilante:

-¿A mí, general?

-Sí, amiguito, a usté.

Entonces, acorralado, pero resuelto a usar el lenguaje de los hombres, respondí ambiguo:

-Pues que van a sobrar muchos sombreros, general.

-¡Bah! ¡A quien se lo dice! Pero no es eso lo que le pregunto, sino las consecuencias. ¿Cree usté que esté bien, o mal, esto de la fusilada?

Llorente; más intrépido, se me adelantó:

-A mí, general -dijo-, si he de verle franco, no me parece bien la orden.

Yo cerré los ojos. Estaba seguro de que Villa, levantándose del asiento, o sin levantarse siquiera, iba a sacar la pistola para castigar tamaña reprobación de su conducta en algo que le llegaba tanto al alma. Pero pasaron varios segundos, y al cabo de ellos sólo oí que Villa, desde su sitio, preguntaba con voz cuya alma se oponía extrañamente a la tempestad de poco antes:

-A ver, a ver: dígame por qué no le parece bien mi orden.

Llorente estaba pálido hasta confundírsele la piel con la albura del cuello. Eso no obstante, respondió con firmeza:

-Porque el parte dice, general, que los ciento sesenta hombres se rindieron.

-Sí. ¿Y qué?

-Que cogidos así, no se les debe matar.

-Y ¿por qué?

-Por eso mismo, general: porque se han rendido.

-¡Ah, qué amigo es éste! ¡pos sí que me cae en gracia! ¿Dónde le enseñaron esas cosas?

La vergüenza de mi silencio me abrumaba. No pude más. Intervine:

- Yo - dije - creo lo mismo, general. Me parece que Llorente tiene razón.

Villa nos abarcó a los dos en una sola mirada.

-Y ¿por qué le parece eso, amigo?

-Ya lo explicó Llorente: porque los hombres se rindieron.

-Y vuelvo a decirle: ¿eso QUE?

El QUE lo pronunciaba con acento de interrogación absoluta. Esta última vez, al decirlo, reveló ya cierta inquietud que le hizo abrir más los ojos para envolvernos mejor en su mirada desprovista de fijeza. De fuera a dentro sentía yo el peso de la mirada fría y cruel, y de dentro a fuera, el impulso inexplicable donde se clavaban, como acicates, las visiones de remotos fusilamientos en masa. Era urgente dar con una fórmula certera e inteligible. Intentándolo, expliqué:

-El que se rinde, general, perdona por ese hecho la vida de otro, puesto que renuncia a morir matando. Y siendo así, el que acepta la rendición queda obligado a no condenar a muerte.

Villa se detuvo entonces a contemplarme de hito en hito. Luego se puso en pie de un salto y le dijo al telegrafista, gritando casi:

-Oiga amigo; llame otra vez, llame otra vez...

El telegrafista obedeció:

<< Tic-tic, tiqui; tic-tic tiqui...>>

Pasaron unos cuantos segundos. Villa, sin esperar, interrogó impaciente:

-¿Le contestan?

-Estoy llamando, mi general.

Llorente y yo tampoco logramos ya contenernos y nos acercamos también a la mesa de los aparatos. Volvió Villa a preguntar:

-¿Le contestan?

-Todavía no, mi general.

-Llame más fuerte.

No podía el telegrafista llamar más fuerte ni más suave; pero se notó, en la contracción de los dedos, que procuraba hacer más fina, más clara, más exacta la fisonomía de las letras. Hubo un breve silencio, y a poco brotó de sobre la mesa, seco y lejanísimo, el tiquitiqui del aparato receptor.

-Ya están respondiendo -dijo el telegrafista.

-Bueno, amigo, bueno. Trasmita, pues, sin perder tiempo, lo que voy a decirle. Fíjese bien: <<Suspenda fusilamiento prisioneros hasta nueva orden. El general Francisco Villa...>>

<<Tic, tiqui; tic, tiqui...>>

-¿Ya?

<< Tic-tiqui, tiqui-tic...>>

-Ya, mi general.

-Ahora diga al telegrafista de allá que estoy aquí junto al aparato esperando la

respuesta, y que lo hago responsable de la menor tardanza.

<<Tiqui, tiqui, tiqui-tic, tic...>>

-¿Ya?

-Ya mi general.

El aparato receptor sonó:

<< Tic, tiqui-tiqui, tic, tiqui...>>

-¿Qué dice?

- Que va él mismo a entregar el telegrama y a traer la respuesta...

Los tres nos quedamos en pie junto a la mesa del telégrafo: Villa extrañamente inquieto; Llorente y yo dominados, enervados por la ansiedad.

Pasaron diez minutos.

<< Tic-tiqui, tic, tiqui-tic...>>

-¿Ya le responde?

- No es él, mi general. Llama otra oficina...

Villa sacó el reloj y preguntó:

- ¿Cuánto tiempo hace que telegrafiamos la primera orden?

- Unos veinticinco minutos, mi general.

Volviéndose entonces hacia mí, me dijo Villa, no sé por qué a mi precisamente.

-¿Llegará a tiempo la contraorden? ¿Usted qué cree?

- Espero que sí, general.

<< Tic-tiqui, tic, tic...>>

- ¿Le responden, amigo?

- No, mi general, es otro.

Iba acentuándose por momentos, en la voz de Villa una vibración que hasta entonces nunca le había oído: armónicos, velados por la emoción, más hondos cada vez que él preguntaba si los tiqui-tiquis eran respuesta a la contraorden. Tenía fijos los ojos en la barrita del aparato receptor, y, en cuanto éste iniciaba el menor movimiento, decía, como si obrara sobre él la electricidad de los alambres:

- ¿Es él?

- No, mi general: habla otro.

Veinte minutos habían pasado desde el envío de la contraorden cuando el telegrafista contestó al fin:

- Ahora están llamando -. Y cogió el lápiz.

<< Tic, tic, tiqui...>>

Villa se inclinó más sobre la mesa. Llorente, al contrario, pareció erguirse. Yo fui a situarme junto al telegrafista para ir leyendo para mí lo que éste escribía.

<< Tiqui-tic-tiqui, tiqui-tiqui ...>>

A la tercera línea, Villa no pudo dominar su impaciencia y me preguntó:

-¿Llegó a tiempo la contraorden?

Yo, sin apartar los ojos de lo que el telegrafista escribía, hice con la cabeza señales de que sí, lo cual confirmé en seguida de palabra. Villa sacó su pañuelo y se lo pasó por la frente para enjugarse el sudor.

Esa tarde comimos con él; pero durante todo el tiempo que pasamos juntos no volvió a hablarse del suceso de la mañana. Sólo al despedirnos, ya bien entrada la noche, Villa nos dijo, sin entrar en explicaciones:

-Y muchas gracias, amigos, muchas gracias por lo del telegrama, lo de los prisioneros...

 

III. Un cuento de la fase de la consolidación de la Revolución: "De cómo al fin lloró Juan Pablo" por Mariano Azuela.

Mariano Azuela (1873-1952) fue uno de los grandes novelistas de la Revolución Mexicana. Como Guzmán, había acompañado a Villa y otros jefes en numerosas campañas. Pero su punto de vista no es tan biográfico como el de Guzmán, y trata de presentar la perspectiva del hombre común, del pueblo mismo.

Había estudiado medicina, aunque siempre tenía vocación de escritor. Sus obras cubren la Revolución desde el período maderista (1910-13) hasta la presidencia de Lázaro Cárdenas al comienzo de la década de los años cuarenta. Cuando estalla la Revolución se incorpora al maderismo, y después al ejército de Pancho Villa como médico. Escribió la mayor parte de su obra principal, la novela Los de abajo (traducida como The Underdogs) durante este período con Villa. Cuando Villa es derrotado en 1915 se exilia a El Paso, Tejas, y ahí se publica la novela ese mismo año. El título revela claramente la actitud de Azuela: quiere relatar el cuento del hombre común que siempre es &laqno;el de abajo», a pesar de los supuestos cambios que trajo la Revolución.

El mismo tema es la base del cuento que sigue. Juan Pablo es humilde hombre de pueblo, que por las circunstancias y su coraje personal, llega a ser jefe y general revolucionario. Pero los políticos corruptos lo traicionan, y al final lo ejecutan por su honestidad y por su firme lealtad a los ideales de la Revolución.

El cuento de Azuela corresponde al período cuando la Revolución se estaba consolidando y burocratizando. A través del tiempo se organizaron una serie de partidos políticos revolucionarios oficiales, culminando en el "PRI- Partido Revolucionario Institucional" (traducido como "Party of the Institutionalized Revolution" o "Party of the Revolutionatry Institutions"). El PRI ha estado en el poder hasta el día de hoy, y mantiene que la Revolución continúa aun después de tres cuartos de siglo, a pesar de claras indicaciones al contrario.

 

"De cómo al fin lloró Juan Pablo" por Mariano Azuela

Juan Pablo está encapillado; mañana al rayar el alba, será conducido de su celda, entre clangor de clarines y batir de tambores, al fondo de las cuadras del cuartel, y allí, de espaldas a un angosto muro de adobes, ante todo el regimiento, se le formará el cuadro y será pasado por las armas.

Así paga con su vida el feo delito de traición.

¡Traición! ¡Traición!

La palabreja pronunciada en el Consejo Extraordinario de Guerra de ayer se ha clavado en mitad del corazón de Juan Pablo como un dardo de alacrán.

&laqno;Traición». Así dijo un oficialito, buen mozo, que guiñaba los ojos y movía las manos como esas gentes de las comedias. Así dijo un oficialito encorseletado, relamido, oloroso como las mujeres de la calle; un oficialito de tres galones muy brillantes... galones vírgenes.

Y la palabreja da vueltas en el cerebro de Juan Pablo como la idea fija en la rueda sin fin del cerebro de un tifoso.

&laqno;¡Traición!, ¡traición! ¿Pero traición a quién?»

Juan Pablo ruge, sin alzar la cabeza, removiendo la silla y haciendo rechinar sus ferradas botas en las baldosas.

La guardia despierta:

&laqno;¡Centinela aaalerta!...» &laqno;¡Centinela aaalerta!...»

Las voces se repiten alejándose, perdiéndose de patio en patio, hasta esfumarse pavorosas y escalofriantes en un gemido del viento. Después ladra un perro en la calle. Ladrido agudo, largo, plañidero, de una melancolía desgarradora, casi humana.

El día que llegó a Hostotipaquillo el periódico de México con la relación mentirosa de las hazañas del beodo Huerta y su cafrería, Pascual Bailón, hábil peluquero, y acertado boticario, convocó a sus íntimos.

&laqno;Pos será bueno acabar ya con los tiranos», respondió Juan Pablo que nunca hablaba.

Entonces Pascual Bailón, personaje de ascendiente, empapado en las lecturas de Juan A. Mateos, y de Don Ireneo Paz y de otros afamados escritores, con gesto épico y alcanzando con su verbo las alturas del cóndor, dijo así:

&laqno;Compañeros, es de cobardes hablar en lenguas, cuando ya nuestros hermanos del Norte están hablando en pólvora».

Juan Pablo fue el primero en salir a la calle.

Los conjurados, en número de siete, no hablaron en pólvora porque no tenían ni pistolas de chispa; tan bien hablaron en hierro, que dejaron mudos para siempre a los tiranos del pueblo, al alcalde y los jenízaros de la cárcel municipal, amén de ponerle fuego a La Simpatía (abarrotes y misceláneas) de Don Telésforo, el cacique principal.

Pascual Bailón y los suyos remontaron a las barrancas de Tequila. Luego de su primera escaramuza con los federales, verificóse un movimiento jerárquico radical; Pascual Bailón, que procuraba ponerse siempre a respetable distancia de la línea de fuego, dijo que a eso él le llamaba, con la historia, prudencia; pero los demás, que ni leer sabían, en su caló un tanto rudo, mas no desprovisto de color, dijeron que eso se llamaba simplemente &laqno;argolla». Entonces, por unanimidad de pareceres, tomó la jefatura de la facción Juan Pablo, que en el pueblo sólo se había distinguido por su retraimiento hosco y por su habilidad muy relativa para calzar una reja, aguzar un barretón o sacarle filo a un machete. Valor temerario y serenidad fueron para Juan Pablo como para el aguilucho desplegar las alas y hender los aires. Al triunfo de la Revolución podía ostentar, sin mengua de la vergüenza y del pudor, sus insignias de general.

Las parejas de enamorados que gustan de ver el follaje del jardín Santiago Tlatelolco tinto en el oro vaporoso del sol naciente tropezaron a menudo con un recio mocetón, tendido a la bartola en una banca, en mangas de camisa, desnudo el velloso pecho; a veces contemplando embebecido un costado mohoso y carcomido de la iglesia; sus vetustas torrecillas desiguales que recortan claros zafirinos, débilmente rosados por la hora; otras veces con un número de El Pueblo, a deletrea que deletrea.

Juan Pablo, de guarnición en la capital, poco sabe de periódicos, desde que Pascual Bailón, nuevo Cincinato, después de salvar a la patria, se ha retirado a la vida privada a cuidar sus intereses (una hacienda en Michoacán y un ferrocalito muy regularmente equipado); pero cuando el título del periódico viene en letras rojas y con la enésima noticia de que &laqno;Doroteo Arango ha sido muerto» o que &laqno;el Gobierno ha rehusado el ofrecimiento de quinientos millones de dólares que le ofrecen los banqueros norteamericanos», o bien como ahora que &laqno;ya el pueblo está sintiendo los inmensos beneficios de la Revolución», entonces compra el diario. Excusado decir que Juan Pablo prohija la opinión de El Pueblo de hoy: su chaleco está desabrochado porque no le cierra más; la punta de su nariz se empurpura y comienzan a culebrear por ella venillas muy erectas, y a su lado juguetea una linda adolescente vestida de tul blanco floreado, con un listón muy encendido en la nuca, otro más grande y abierto como mariposa de fuego al extremo de la trenza que cae pesada en medio de unas caderas que comienzan apenas a ensanchar.

Juan Pablo acaba rendido la lectura de &laqno;los Inmensos Beneficios que la Revolución le ha traído al Pueblo» a la sazón que sus ojos reparan en el centenar de mugrientos, piojosos y cadavéricos que están haciendo cola a lo largo de la duodécima calle del Factor, en espera de que abra sus puertas un molino de nixtamal. Juan Pablo frunce el ala izquierda de su nariz y se inclina a rascarse un tobillo. No es que Juan Pablo, herido por la coincidencia, haya reflexionado. No. Juan Pablo ordinariamente no piensa. Lo que ocurre en las reconditeces de su subconsciencia suele exteriorizarse así: un fruncir de nariz, un sordo escozor, algo así como si se le paseara una pulga por las pantorrillas. Eso es todo.

Y bien, es ésta la tercera vez que Juan Pablo está encapillado. Una por haberle desbaratado la cara a un barbilindo de la Secretaría de Guerra; otra por haber alojado en la cabeza de un pagador una bala de revólver. Todo por nada, por minucias de servicio. Porque en la lógica de mezquite de Juan Pablo no cabrá jamás eso de que después del triunfo de la revolución del pueblo sigan como siempre unos esclavizados a los otros. En su regimiento, en efecto, jamás se observó más línea de conducta que ésta: &laqno;No volverle jamás la espalda al enemigo». El resto avéngaselo cada cual como mejor le cuadre. Se comprende qué hombres llevaría consigo Juan Pablo. Se comprende cómo lo adoraría su gente. Y se comprende también que por justos resquemores de esa gente el Gobierno haya puesto dos veces en libertad a Juan Pablo.

Sólo que la segunda salió de la prisión a encontrarse con una novedad: su regimiento disuelto, sus soldados incorporados a cuerpos remotísimos; unos en Sonora, otros en Chihuahua, otros en Tampico y unos cuantos en Morelos.

Juan Pablo, general en depósito sin más capital que su magnífica Colt izquierda, sintió entonces la nostalgia del terruño lejano, de sus camaradas de pelea, de su libertad más mermada hoy que cuando majaba el hierro, sin más tiranos en la cabeza que el pobre diablo de La Simpatía (abarrotes y misceláneas) y los tres o cuatro &laqno;gatos» que fundían de gendarmes municipales, excelentes personas por lo demás, si uno no se mete con ellos. Juan Pablo así lo reconoce ahora, suspirando y vueltas las narices al occidente.

Una noche, cierto individuo que de días atrás viene ocupando el sitio frontero a Juan Pablo en el restaurante se rasca la cabeza, suspira y rumora: &laqno;Los civilistas nos roban».

Juan Pablo, cejijunto, mira a su interlocutor, come y calla.

Al día siguiente:

&laqno;Los civilistas se han apoderado de nuestra cosecha; nosotros sembramos la tierra, nosotros la regamos con nuestra propia sangre».

Juan Pablo deja el platillo un instante, pliega el ala izquierda de la nariz, se inclina y se rasca un tobillo. Luego come y calla.

Otro día: &laqno;Los civilistas ya no son las moscas, ahora se han sentado a la mesa y a nosotros nos arrojan, como al perro, las sobras del paquete».

Juan Pablo, impaciente al fin, pregunta: &laqno;¿Por eso, pues, quiénes jijos de un... son esos tales civilistas?»

&laqno;Los que nos han echado de nuestro campo... los catrines...»

La luz se hace en el cerebro de Juan Pablo.

Al día siguiente es él quien habla; &laqno;Sería bueno acabar con los tiranos».

Su amigo lo lleva por la noche a una junta secreta por un arrabal siniestro. Allí están reunidos los conjurados. Uno, el más respetable, diserta con sombrío acento sobre el tema que ya es tiempo de que al pueblo le demos patria.

Alelado, Juan Pablo no siente cuando las puertas y ventanas contiguas se cuajan de brillantes cañones de fusil.

Un vozarrón: &laqno;¡Arriba las manos!»

Todo el mundo las levanta. Juan Pablo también las levanta; mejor dicho alza la derecha empuñando vigorosamente la Colt izquierda.

&laqno;¡Ríndase o hago fuego!», ruge una voz tan cerca de él que le hace dar un salto de fiera hacia atrás. Y Juan Pablo responde vaciando la carga de su revólver.

En medio de la blanca humareda, entre el viejo fulgor de los fogonazos, bajo la tibia penumbra de un farol grasiento, Juan Pablo, crispada la melena, blancos los dientes, sonríe en su apoteosis.

Cuando los tiros se agotan y no queda figura humana en los oscuros huecos de puertas y ventanas, caen sobre él como un rayo los mismos conjurados. Agarrotado de pies y manos, Juan Pablo sigue sonriendo. No hay jactancia alguna, pues, en que Juan Pablo diga que tantas veces se ha encontrado frente a frente con la muerte que ya aprendió a verla de cara sin que le tiemblen las corvas.

Si hoy lleva seis horas enclavado en una silla de tule, la vigorosa cabeza hundida entre sus manos nervudas y requemadas, es porque algo más cruel que la muerte lo destroza. Juan Pablo oye todavía:

&laqno;¡Traición... traición...!», cuando una a una caen lentas y pausadas las campanadas del alba.

&laqno;¿Pero traición a quién, Madre mía del Refugio?»

Sin abrir los ojos está mirando el altarcito en uno de los muros del cuartucho; una estampa de Nuestra Señora del Refugio, dos manojos de flores ya marchitas y una lamparita de aceite que derrama su luz amarillenta y funeraria. Entonces dos lagrimones se precipitan a sus ojos.

&laqno;¡Imposible!» -Juan Pablo da un salto de león herido-... &laqno;¡Imposible!»... Clarividencias de moribundo le traen viva la escena de infancia, ruidoso covachón, negro de hollín, gran fuego en el hogar, y un niño de manos inseguras que no saben tener la tenaza y dejan escapar el hierro candente... Luego un grito y los ojos que se llenan de lágrimas... Al extremo de la fragua se yerque un viejo semidesnudo, reseco, como corteza de roble, barbado en grandes madejas como ixtle chamuscado:

&laqno;¿Qué es eso, Juan Pablo?»... Los hombres no lloran!

En huecas frases revestidas de hipocresía reporteril, la prensa dice que el ajusticiado murió con gran serenidad. Agregan los reporteros que las últimas palabras del reo fueron éstas:

&laqno;No me tiren a la cara», y que con tal acento las pronunció, que más parecía dictar una orden que implorar una gracia.

Parece que la escolta estuvo irreprochable. Juan Pablo dio un salto adelante, resbaló y cayó tendido de cara a las estrellas, sin contraer más una sola de sus líneas.

Eso fue todo lo que vieron los reporteros. Yo vi más. Vi cómo en los ojos vitrificados de Juan Pablo asomaron tímidamente dos gotitas de diamantes que crecían, crecían, que se dilataban, que parecían querer subir al cielo...sí, dos estrellas...