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- Lección 18: "Calavera"
Lección 18, Pregunta SA-5. El texto es:
-¡Bah! ¡A quien se lo dice! Pero no es eso lo que le pregunto,
sino las consecuencias. ¿Cree usté que esté bien, o
mal, esto de la fusilada?
Llorente; más intrépido, se me adelantó:
-A mí, general -dijo-, si he de verle franco, no me parece bien
la orden.
Yo cerré los ojos. Estaba seguro de que Villa, levantándose
del asiento, o sin levantarse siquiera, iba a sacar la pistola para castigar
tamaña reprobación de su conducta en algo que le llegaba tanto
al alma. Pero pasaron varios segundos, y al cabo de ellos sólo oí
que Villa, desde su sitio, preguntaba con voz cuya alma se oponía
extrañamente a la tempestad de poco antes:
-A ver, a ver: dígame por qué no le parece bien mi orden.
Llorente estaba pálido hasta confundírsele la piel con
la albura del cuello. Eso no obstante, respondió con firmeza:
-Porque el parte dice, general, que los ciento sesenta hombres se rindieron.
-Sí. ¿Y qué?
-Que cogidos así, no se les debe matar.
-Y ¿por qué?
-Por eso mismo, general: porque se han rendido.
-¡Ah, qué amigo es éste! ¡pos sí que
me cae en gracia! ¿Dónde le enseñaron esas cosas?
La vergüenza de mi silencio me abrumaba. No pude más. Intervine:
- Yo - dije - creo lo mismo, general. Me parece que Llorente tiene razón.
Villa nos abarcó a los dos en una sola mirada.
-Y ¿por qué le parece eso, amigo?
-Ya lo explicó Llorente: porque los hombres se rindieron.
-Y vuelvo a decirle: ¿eso QUE?
El QUE lo pronunciaba con acento de interrogación absoluta. Esta
última vez, al decirlo, reveló ya cierta inquietud que le
hizo abrir más los ojos para envolvernos mejor en su mirada desprovista
de fijeza. De fuera a dentro sentía yo el peso de la mirada fría
y cruel, y de dentro a fuera, el impulso inexplicable donde se clavaban,
como acicates, las visiones de remotos fusilamientos en masa. Era urgente
dar con una fórmula certera e inteligible. Intentándolo, expliqué:
-El que se rinde, general, perdona por ese hecho la vida de otro, puesto
que renuncia a morir matando. Y siendo así, el que acepta la rendición
queda obligado a no condenar a muerte.